Hace unos días leí un titular que decía algo así como que tratar a tus perros como a hijos era un síntoma de enfermedad mental. Como comprenderéis, no leí el artículo, ni pienso hacerlo, pero la cosa me dio que pensar.

Vaya por delante que siempre he considerado a mis perros como hijos de otra especie, así que quizás quieras dejar de leer a partir de aquí.

No los he parido y tienen bastante más pelo que yo, aparte de un olfato, una rapidez de movimientos y una capacidad para disfrutar del momento muy superiores a las de su madre adoptiva, pero, por lo demás, dependen de mis cuidados para vivir y su bienestar y seguridad están en mis manos.

Así que sí, intento hacerlo lo mejor posible. Leyendo continuamente sobre sus necesidades y tratando de respetarlas. Observándolos, confiando en ellos, siendo paciente. Adaptando mi vida, mis horarios y mis actividades a su presencia. Madrugando para que puedan salir, levantándome en mitad de la noche si están enfermos, cambiando mis planes de vacaciones para que vengan conmigo y dejándolos con personas de total confianza cuando no queda más remedio. Lo mismo que haría con un hijo humano.

Sin embargo, aquellos que NO tratan a sus animales como a hijos, y que NO están mal de la cabeza, hacen cosas que a mí me parecen una aberración. No hablo de maltrato severo, sino de las costumbres de la gente normal, pequeños abusos aceptados socialmente que empeoran, y mucho, la calidad de vida de nuestros perros.

1. Diez horas sin salir

O pueden ser ocho, o doce. Depende de la carga de trabajo y de las actividades de ocio de los humanos. Alguien me contaba con orgullo que su perro aguantaba 20 horas sin mear. Me lo decía como si fuera un gran logro.

¿A quién se le ocurriría contratar a un canguro para que el animal pueda dar una vuelta y deje de morirse de asco todo el día en casa, sin poder hacer sus necesidades? Eso solo lo haría una loca que trata a su perro como si fuese un hijo.

2. Comer una vez al día

Esta me encanta, porque muchos veterinarios lo defienden, con eso de que el perro “viene del lobo” y solo come cuando caza. Me temo que nuestros antepasados también comían cuando tenían algo que llevarse a la boca, pero eso no se lo aplican.

Yo sospecho que esto, más que saludable para el animal, es práctico para el ‘dueño’, que no tiene ni que pasar por casa al mediodía, sobre todo si es de los que practican con orgullo el punto 1.

3. Encerrado en la cocina

O en el balcón, o en el cuarto de baño, como un miembro de mi familia tuvo a su cachorro durante meses hasta que dejó de hacerse sus cosas en casa. Yo era una niña entonces, pero aquello ya me espantó.

La excusa suele ser que manchan o que rompen cosas. Lo importante es no profundizar en por qué lo hacen, mejor mantenerlos en cautividad y empeorar la situación hasta que sea insostenible y haya que regalarlo, suministrarle tranquilizantes, o llevarlo a la perrera.

4. Sobre todo, nunca suelto

Es que una vez lo solté y se me escapó, ¡me dio un susto!“; “No, no, mejor atado, que suelto se mancha de barro y me vuelve con todas las patas negras“; “Es que es tan pequeñita y los otros perros son tan grandes, me da miedo“…

Claro, en lugar de invertir tiempo en enseñar a tu animal – como haces con tus hijos, espero – a convivir en sociedad de forma satisfactoria para todos y sin que corra peligro, mejor llevarlo siempre atado, incluso en el campo. Soy consciente de que hay animales escapistas, he conocido algún caso, pero esa no es la norma, sino la excepción, y seguro que puede trabajarse.

5. ¿Relacionarse con otros perros? ¡No gracias!

Este punto es una variedad del anterior, y se suele dar mucho en perritos de pequeño tamaño y que no se han socializado de forma correcta. Los que los cogen en brazos cuando ven otro perro son mis favoritos.

Quiero imaginar que no hacen lo mismo con sus niños humanos, aunque cualquiera sabe.

Perra podenca de color canela mirando a la cámara tumbada en una cama
Matilda

6. Tirones de correa, golpes en el costado y gritos, muchos gritos

La teoría de la dominancia, del líder de la manada y del ‘te pego porque puedo’, porque soy más grande que tú, y porque aquí mando yo. Tirones de correa que parece que su perro les caiga realmente mal. Gritos continuos que alteran al resto de paseantes. Salud mental a tope.

7. Collares de castigo

De ahogo, de lazo, de pinchos, tipo halti, eléctricos. Escribí sobre ellos en El Caballo de Nietzsche y sigo viéndolos a diario. Causar dolor a tu mejor amigo como solución a vuestros problemas de relación. Castigarlo de forma continuada en lo que debería ser el mejor momento del día juntos y pretender que sea cada vez más feliz y equilibrado. Hacerle daño pudiendo evitarlo.

8. En bici y con la lengua fuera

Atados a la bici o corriendo detrás de ella, incluso en verano, siempre con la lengua fuera. Una forma de hacer ejercicio que no respeta ni la etología ni el ritmo de quien la practica, es una barbaridad. Si quieres, monta en bici tú o con tus colegas y deja a tu perro tranquilo. “Convivir con perro” lo explica de maravilla en este breve vídeo de 25 segundos: “¿Perros y bicis? No, gracias“.

Antes o después de tu excursión en bici, dale a tu compañero un buen paseo de calidad en el que pueda hacer sus cosas de perro: correr, jugar, olisquear e investigar, pero a su ritmo.

9. Bei Fuss!

En este punto me refiero a esos perros taaaan bien educados que tienen que pasear al costado del propietario, sin bajar la cabeza, sin oler nada en el suelo, sin saludar a nadie y sin perder el paso. Como si fuesen pequeños soldados. Conozco uno que hace kilómetros así, con un halti apretándole el hocico, cada día.

Pero el agobio máximo es cuando son bajitos y van con el cuello estirado todo el paseo, porque la correa es demasiado corta y su querido propietario la lleva enroscada a la mano. Todo muy placentero.

10. Tener perro sin quererlo

Porque se les antojó a los niños, porque nos lo regalaron, porque nos hacía ilusión pero no teníamos ni idea del trabajo que da. Solo faltaba que tenga que modificar mis hábitos, madrugar, dejar de viajar, cambiar la decoración, limpiar más… por un perro. Ni que fuera un ser con necesidades específicas, que sufre y siente como yo. ¡Ni que fuera un hijo!

Me temo que la lista es mucho más larga, y que incluye cosas que yo misma he hecho y que quizás sigo haciendo por desconocimiento. ¿Cuáles se te ocurren a ti?

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Las maestras Baby y Nuna, con las que cometí tantos errores y de las que tanto aprendí

 

 

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