El pasado 3 de julio, tras seis años de una terrible enfermedad que la dejó atrapada en un cuerpo inservible, el corazón de mi madre dejó de latir.

Aunque estoy en paz, la sensación es como de aire. Me he quedado sin suelo bajo los pies y echo de menos esas raíces tan profundas que me regaló en forma de risas, de amor y de apoyo incondicional. Pero sé que están ahí, porque son lo más valioso que tengo.

Quise leer las siguientes líneas en su funeral, para llenar aquel frío espacio de su presencia y de su luz. Espero haberlo conseguido:

Ayer, mientras acompañábamos a mi madre en su último viaje, nos entretuvimos mirando álbumes de fotos familiares. Yo nunca había reparado en algo de lo que, sin embargo, he disfrutado durante toda mi vida como si fuese evidente: mi mami sonreía en TODAS las fotos. Era solo una niña de 6 o 7 años y ya sonreía. Todos los demás miraban a la cámara con semblante serio y ella sonreía.

Y lo siguió haciendo durante toda su vida. Se reía de todas nuestras bromas, hasta el punto de hacernos creer que éramos muy ocurrentes y graciosos.

Creo que fue feliz, aunque su existencia no siempre fue fácil. Le gustaba viajar, y a mí me encantaba viajar con ella. Adoraba los helados (la llamábamos “Miss Heladito”), nos transmitió su amor por los animales, y disfrutaba como una loca tomando el sol en el Mediterráneo mientras escuchaba a Pavarotti, que la hacía llorar porque le recordaba a su padre. Le gustaban las cremas para la cara, pero no en bote grande, a ella lo que le encantaba era las muestras. Nunca supo cómo usar las comillas y, cuando escribía cartas, las ponía en los lugares más insospechados; eso siempre me hacía reír.

Pero el amor de su vida fue su familia, una familia multiespecie. Sus padres, sus hermanos, cinco hijos que no siempre se lo pusimos fácil, cinco nietos humanos y unos cuantos peludos (sobre todo de mi parte) y dos biznietos maravillosos que tuvo la suerte de conocer.

En cuanto a la maldita enfermedad que le robó el movimiento, la voz y la risa poco a poco, no pienso hablar mucho de ella; pero sí quiero dar las gracias a las mujeres que la cuidaron por su ayuda y paciencia. Solo así pudimos evitar la residencia que tanto miedo le daba. Gracias, de corazón, sin vosotras no hubiera sido posible.

Y a Maria Ángeles la recordaremos como ella quería: siempre riendo, viajando, tomando el sol y comiendo heladito. No me digáis que no era sabia.

Gracias en nombre de toda la familia por acompañarnos en su despedida.

Hasta siempre mamá, ya eres libre.

 

Recordatorio mama

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